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Blanca Cortometraje

Algo se ha despertado en la generación de relevo del cine venezolano

La crisis inspira a los jóvenes realizadores premiados en el Concurso Universidad Audiovisual, en el Festival de Mérida.
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UniversidadAudiovisual“Me atrevo a definir a nuestra generación como de relevo, literalmente”. Lo dice Michael Labarca, uno de los egresados o estudiantes de la Universidad de Los Andes ULA que ganaron en conjunto el premio Universidad Audiovisual en el Festival del Cine Venezolano en Mérida. Compitió con un corto galardonado en 2016 en el Festival de Cannes: La culpa, probablemente.

Susurro bajo la tierra de Lilia Alcalá, de la Universidad Central de Venezuela UCV, recibió una mención especial en Mérida y fue seleccionado para el Festival de Cortos de Palm Springs. Amanda Pérez, que presentó Vigilante, su tesis de la ULA, obtuvo el Gran Premio CNAC en el Festival de Barquisimeto en 2014 por Respira.

Los otros dos filmes galardonados de la ULA son de cineastas que aún no tienen ese precoz palmarés, pero mostraron logros singulares. Blanca, de Mariana Peña, está inspirado en el estilo de Wes Anderson, una meta ambiciosa para una película estudiantil; Daniel Eduardo Peñaloza descubrió a un llamativo personaje de una cervecería en el documental El jarrón de Baviera.

Las cinco películas participaron en un certamen cuyos premios al mejor largometraje y a la mejor ópera prima fueron para obras renovadoras del cine venezolano: El Amparo, de Rober Calzadilla, y La Soledad, de Jorge Thielen Armand.
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Una actitud crítica

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Labarca considera que los cineastas de su generación, si bien tiene mucho que agradecer a quienes los han precedido, están llamados a cambiar las cosas. “Hay una urgencia de dar con historias y narrativas que rompan con paradigmas que no nos pertenecen y que han sido avalados por otras generaciones. Ya es momento de que estas formas evolucionen”, explica el cineasta, cuyo corto trata del encuentro nocturno de una madre soltera con su última pareja, en una casa al borde de una carretera.

Peñaloza extiende la crítica a sus contemporáneos. Ve el problema como consecuencia del poco acceso que existe en el país al cine de calidad que se hace en el mundo. “Como generación, nos falta conocimiento”, dice. “Hay algunos a los que les cuesta encontrar la verdadera esencia de sus películas. No terminan de entender que el cine no es un producto comercial, que va más allá de los géneros”.

Mariana Peña no consideró el cine venezolano en su investigación para realizar Blanca, que trata de una mujer que se encierra a escribir. Fue a Wes Anderson que la condujo su llamado como cineasta: “La comedia negra y los cortos con un toque onírico, de surrealismo”. Estéticamente no cree que tenga una afinidad con sus contemporáneos, pero sí piensa que puede haber un denominador común: “Buscamos cortos con calidad narrativa”.

“Sabemos que no solo estamos para disfrutar de hacer cine, sino que somos servidores del espectador”, dice Alcalá, en cuya película se conjugan el interés por el mundo interior femenino y el entorno natural. Señala, además, otra característica generacional: “Somos muy observadores de la realidad. La mayoría quiere ahondar en la intimidad de los personajes”.

Para Amanda Pérez no es en las películas nacionales –aunque sea para diferenciarse– ni en las de afuera donde hay que buscar las fuentes. “Es dentro de nosotros mismos”, dice. “Estamos en una transición, en medio de la locura; no podemos ver las cosas objetivamente”, añade con respecto a tomar posición frente al país y su cine.
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En tiempos difíciles

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UniversidadAudiovisualMencionLa situación de Venezuela a la que hace referencia Pérez es motivo de preocupación para todos estos cineastas, pero a la vez fuente de inspiración y de búsqueda de un mayor rigor, por lo que cuesta hacer las cosas.

“Es también un momento para dejar de ser tan egoístas con lo que queremos contar –lo digo personalmente–, y ver el cine como una manera de drenar todo esto. No sé si de apoyar un cambio, pero sí de sembrar algo”, agrega la directora de Vigilante, corto que da vuelta al lugar común del psicópata para tocar el tema del desamor.

Ese “algo” podría ser un largometraje que ha comenzado a escribir. “Habla de ese sentido de pertenencia, que se pierde al uno pensar siquiera en irse del país”, explica. “Es lo que nos hace tan dispersos ante esta situación”.

La opción de irse de Venezuela no existe para Daniel Eduardo Peñaloza. No se ve haciendo cine fuera del país; no imagina cómo podría saber si un actor está trabajando bien o mal en otra cultura. “Somos pocos, falta dinero, falta comida… pero aquí estamos”, recalca, a pesar de todas las dificultades que puedan surgir.

Mariana Peña ha formado equipo con dos excondiscípulas de la ULA: Lorena Colmenares, directora del corto Asfixia, y María Laura Reina, de Arraigo. Habla de ellas primero: preparan filmes de tesis en la ULA que tocarán problemas actuales del país, uno a través de la ciencia ficción, otro de manera más directa. Piensan distribuirlos en el exterior.

“Algo se ha despertado en nosotros”, dice, y cree que no habla solo por sí misma y sus compañeras, sino por una generación que, según ella, busca ser más honesta.

Lo que le interesa hacer ahora es sentarse a escribir, “hasta que se calme un poco la cosa”. Quisiera hacer una serie como The OA de Netflix, un drama psicológico con un giro hacia el final. “Me gustaría brindarle eso al país: crítica social y esperanza”, dice.

La situación del país, sin embargo, no es el centro de atención explícito de ninguno de estos cinco cortometrajes estudiantiles. Solo hay detalles que pueden hacer alusión a ella, como el apagón de La culpa, probablemente.

“Creo que todos necesitamos tiempo para digerir la situación”, se justifica Alcalá. El guion de su corto data de cinco años atrás, por eso agrega: “No es lo mismo una película escrita en 2012 que una de 2017”.

Labarca destaca otra necesidad de justicia: “Hay que pelear por condiciones óptimas que hagan que surjan más y mejores películas. Ojalá sigamos construyendo un espacio donde se privilegie la intuición de los realizadores, y no haya cabida a las complacencias que limitan y estancan las búsquedas artísticas”.

Esa es otra responsabilidad que afrontan como generación.

(El Universal)
1 de julio 2017

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